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COLUMNISTA

13 de diciembre de 2016

Miedos en la Infancia

"Donde hubo fuego cenizas quedan dicen y parece que es así nomás, pero como están esas cenizas es otro tema..."

Por:Ely Grimaldi

Hola, si soy yo, ¿quién habla?...¿Quién?
Ella llevaba toda su carga de pérdidas y ausencias lo mejor que podía, sus hijas y algunos pocos familiares que le quedaron en este plano, permitían que diariamente se levantara con una sonrisa; muchas veces disimulada en apenas un gesto.
La vida en los últimos años le había pegado duro, la pérdida de su papá en las peores condiciones que uno pueda despedirse de un ser tan amado, esa que deja la enfermedad de no reconocer quienes son los afectos que hemos construido en la vida. La muerte de su amado esposo después de una enfermedad devastadora y la de su madre, un ser de luz que, por un lado seguía brillando fuera de su cuerpo mortal pero su ausencia no podía ser reemplazada.
Un hermano que hizo de la ausencia un ritual incomprensible, justo cuando más lo necesitaba.
En ese panorama desolador estaban siempre estoicos sus amigos, los de toda la vida y los que se fueron sumando, pero a veces no podían hacer mucho cuando sus angustias atacaban fuerte, no mucho más que escuchar y ofrecer el hombro.
Ella; un ser amigable, querible, bondadoso, solidario, transparente. Ella, amiga querida, respetada, admirada y por sobre todo; comprendida.
Ese llamado le cambió la vida, le volvió la adolescencia al cuerpo, la transportó a esos momentos donde se responde con los poros antes que con la razón y la alegró, porque hizo que su condición de “mujer” pudiese colocarse otra vez en su moldura.
¡Hola! ¡sí soy yo! ¿quién habla?... ¿Quién? ¡No puedo creer que seas vos, cuánto tiempo!
A partir de ese momento todo se revolucionó, nada fue igual. 
Bajar de peso, pensar en el reencuentro, hablar con las amigas, quemar la comida, olvidarse de muchas cosas que antes parecían tan importantes fue algo más que cotidiano. Se sucedieron innumerables conversaciones, llantos, prisas, idas y venidas. Se acomodaron horarios, se idearon las citas y se concretó el encuentro.
La historia contada por Él sobre su permanente recuerdo, su no olvido de aquellos momentos compartidos, el primer beso, el primer amor, su condición de casado en proceso de divorcio inminente; hicieron que la energía acumulada haga amanecer todas las flores, abrir todos los pétalos, iluminar todos los rincones y hasta acomodar algunas piezas.
Transcurrieron los días, los meses e incluso los años y la promesa de dejar a su mujer para venirse a vivir con ella era cada vez menos contundente.
Comenzaron las excusas, las interminables pretextos y entonces el retroceso del amor para abrir lugar al rencor, a la angustia, a la impotencia, no tardó mucho en aparecer y, lamentablemente, las explicaciones, los reclamos, los llantos, la incertidumbre, los enojos y las peleas pasaron a ser el espacio en común que unía a una pareja alejada por el tiempo y la vida, reencontrada por la necesidad de probarse que, aún con el paso del tiempo, se puede revivir la llama. Lástima que el fosforo que volvía a encenderla haya sido con una chispa muy débil.
Donde hubo fuego cenizas quedan dicen y parece que es así nomás, pero como están esas cenizas es otro tema, cuán enfriadas permanecieron en la hoguera es otra historia, en cuál de las tonalidades de los grises se perseveraron es otro cantar. 
Las cenizas del primer amor muchas veces son más ideales que reales, están impregnadas con el solvente que les dio su condición de fuego y ese combustible, en muchas ocasiones, es muy diferente al que podemos emplear entrados en la madurez. 
Si hay algo de bueno en esta historia tan angustiante, es que la persona que la vivió pudo sentirse “mujer” nuevamente, condición que había dejado de lado por ser madre, hija, esposa y amiga; la consecuencia de eso pertenece a otro relato, al de una novela romántica que no termina tan bien como nos gustaría, una parábola histórica que descubre la realidad de cada personaje o tal vez a un cuento mitológico que desvirtúa la imaginación. 
Lo cierto es que la calma que ella poseía, aparente o creada no sabemos,  antes de recuperar a ese amor ya olvidado; dejó de existir para siempre y esa emoción que al principio dio lugar a la alegría, a la esperanza, a la aceleración adolescente; hoy está en una pausa que lastima.

 

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