11 de abril de 2020

Mensaje Pascual del señor Obispo

“El ángel dijo a las mujeres: “No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho”. (Mt. 28, 5-6).

1.- ¡Ha resucitado! Es el anuncio que escucharon aquellas mujeres que con tristeza por la muerte de su Señor pero llenas de amor fueron al sepulcro y lo encontraron vacío. Aquellas mujeres intuían que no podía ser que Aquel, que había entregado su vida por amor para liberarnos de nuestras muertes, quedara encerrado en el sepulcro. Nadie como la  mujer conoce que hay dolores desgarradores que acaban dando a luz la vida, por eso iban gestando en su interior el anuncio alegre que recibirían: ¡Ha resucitado! Ese anuncio siempre nuevo también lo recibimos hoy nosotros: ¡Ha resucitado como lo había dicho!

En estos tiempos, más que nunca, tenemos necesidad del anuncio y testimonio renovado de la Resurrección de Cristo. Lo necesitan muchos cristianos en sus dudas  e incertidumbres, lo necesitan en sus miedos y desencantos tantos hombres y mujeres de buena voluntad, que buscan con sinceridad de corazón el amor y la verdad, la belleza y el bien, lo noble y lo justo.

¡Ha resucitado! No es un recuerdo del pasado, Jesús resucitado, hoy vive llenando de vida y de esperanza nuestra existencia y nuestra historia.

“¡Él vive!... El que nos llena con Su Gracia, el que nos libera, el que nos transforma, el que nos sana y nos consuela es alguien que vive. Es Cristo Resucitado, lleno de vitalidad sobrenatural, vestido de infinita luz” (ChristusVivit, 124).

¡Ha resucitado Cristo, mi esperanza! (Secuencia Pascual).

2.- Un antiguo himno de la Iglesia pone estas palabras en labios de María Magdalena quien fue la primera en encontrar a Jesús Resucitado en la mañana de Pascua. Ella no guardó para sí esta incontenible alegría sino que corrió hacia los otros discípulos y les anunció: “He visto al Señor” (Jn 20,18).

Cuando tenemos la experiencia del encuentro con Jesús Resucitado cambia nuestra vida, nos sanay nos devuelve nuestra dignidad y podemos confesar: “Ha resucitado Cristo, mi esperanza”.

Jesús resucitado está con nosotros y en nosotros para siempre. Está renovando y haciendo florecer todo lo bueno, verdadero y justo. Está como consuelo en nuestras lágrimas y dolores. Está como misericordia en nuestros pecados. Está como fortaleza en nuestros fracasos. En nuestra muerte como vida que triunfa, como esperanza de vida eterna.

“Que la luz de Cristo gloriosamente resucitado disipe las tinieblas de la inteligencia y del corazón” (Vigilia Pascual).

3.- Nos toca vivir esta Pascua singular en medio de la “tempestad inesperada y furiosa” como llamó el Papa Francisco a la pandemia del Covid-19 de la que pedimos a Dios libere a nuestro pueblo y a la humanidad.

Con la humildad de la verdad debemos reconocer que intentamos ser como dioses y arrebatarle a Dios el poder de la creación, olvidándonos que somos creaturas y que existimos porque Alguien nos dona la vida en cada instante.

De pronto, en un abrir y cerrar de ojos, casi sin darnos cuenta, un virus silencioso, invisible y desconocido nos puso al desnudo frente a nuestra fragilidad y vulnerabilidad y basta para hacernos sufrir, enfermar y morir. Nos encontramos inseguros, pequeños, indefensos y necesitados de ayuda. Estamos frente a lo esencial “el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es” nos decía el Papa Francisco el pasado 27 de marzo. Tiempo para volver de todo corazón a Dios y al hermano.

Hace unos días en la carta del 13 de marzo les decía “Nuestro Señor Jesucristo no está en cuarentena” y hoy les vuelvo a decir con toda la fuerza del anuncio Pascual: “Jesús Resucitado no está en cuarentena”. Nada puede encerrarlo, nadie puede detenerlo, que a todos nos contagie “el estallido de luz” y la “explosión de amor” que es su Resurrección (Cf. Homilía Benedicto XVI, Vigilia Pascual, 2006). Jesús resucita, vence la muerte, dona la vida.

Los que seguimos a Jesús Resucitado como “Señor y Autor de la Vida” (Cf. Hech 3,15) elegimos amar, celebrar, servir y acoger la vida como viene. Nos ilumina -como a tantos no creyentes- la dignidad y el valor sagrado, inviolable e incomparable de toda vida humana ante toda amenaza como en estos tiempo de pandemia, como ante toda forma de violencia -personal, social o estructural-, la vida en toda su riqueza humana, cultural y espiritual, en toda su dimensión terrestre y eterna, desde la concepción hasta la muerte natural.

Esta Pascua la vivimos en oración, comunión espiritual y cercanía con quien sufre y está en necesidad en la certeza de la esperanza que de todo esto Dios sacará algo bueno para nosotros y para toda la humanidad. Es nuestra confianza en la promesa del Señor: “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap. 21,5).

La luz del Resucitado nos permite ver todo el bien que nos rodea y agradecer a médicos, enfermeras y enfermeros, trabajadores y voluntarios de la salud, fuerza de seguridad, a quienes trabajan para que los más pobres puedan llevar con dignidad esta difícil situación, a todos los que nos ayudan a vivir estos momentos de la mejor manera posible. Ellos están en nuestra oración, junto a los enfermos, fallecidos y familiares. Y tengamos un recuerdo por todos los científicos que en el mundo buscan incansablemente el remedio para esta pandemia.

 

“Jesús, dando otro fuerte grito, entregó su espíritu” (Mt. 27,50).

4.- Ese grito misterioso lanzado al cielo resume el grito desgarrador de la humanidad sufriente ante el dolor y el misterio que acompañan a la muerte humana. El creyente en Cristo puede decir “al abatido una palabra de aliento” (Cf Is. 50, 4) porque la última palabra no es la muerte en cruz. La última palabra es que Dios levantó a Jesús sobre todo… “para que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble… y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: ¡Jesucristo es el Señor!” (Flp. 2, 10-11).

La pasión y muerte de Jesús son la puerta a Su resurrección, la última palabra es La Vida en abundancia que junto a Dios, nunca se acaba. “Allí veremos y alabaremos, gozaremos y amaremos. Este será el fin sin fin” (San Agustín, De civitate Dei, 22, 30).

¡Felices Pascuas!

Carlos H. Malfa

Obispo de Chascomús

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