“Llegar te establece un techo, te detiene, no te permite seguir creciendo”

Martín Ruiz Batista tiene 27 años, su  pasión por la danza comenzó hace más de 13, cuando era un niño en edad escolar.
Durante su paso por la escuela primaria no perdía oportunidad de participar en actos escolares, para poder hacer por un rato, lo que tanto le gustaba desde temprana edad. 

“Recuerdo que fue en mi paso por la escuela primaria, en los actos escolares, disfrutaba mucho bailar y participar, me lo tomaba en serio, le otorgaba solemnidad y cierta cuota de empeño extra al momento de ensayar, para que me saliera lo mejor posible a la hora de presentarlo en público. Quién me dio la primera mano y me acercó a la danza fue el maestro Jorge Blanco, él me llevó a su escuela de danzas folklóricas “Raíces Argentinas”, siempre resaltó y destacó mi participación en sus ideas artísticas; con 13 años ya formada parte del grupo de adultos de su ballet que recorría diferentes escenarios y festivales folklóricos locales y zonales. Esa experiencia fue inolvidable y me otorgó un sólido bagaje escénico. Le voy a estar agradecido de por vida, si él no me hubiera alentado y mi conexión con el movimiento no hubiera sido de tal potencia, no sé si me hubiese animado a romper con prejuicios, propios y ajenos”, dice a modo de introducción.

¿A qué edad comenzaste a   bailar?
Desde que tengo uso de razón siempre bailé, veía en la televisión programas musicales de videoclips o escuchaba la radio, siempre atento a cuando pasaban una canción que me gustaba, me daban ganas de bailar, lo hacía en los momentos en que estaba solo, frente al espejo, por ejemplo; también doblaba al cantante y una vez que me aprendía la letra le sumaba el canto. Siempre visualizándome en un escenario, mis juegos de niño eran, imaginarme en el show sobre el escenario, a mis muñecos en vez de hacerlos pelear los hacía bailar o los lookeaba para “realizar la función”; también creaba personajes con voces propias para comunicarme con mi familia, los volvía locos, pobres; con la música a todos lados. A medida que iba creciendo iba soltando y demostrándoles lo que me gustaba, dejando de hacerlo a escondidas. 

¿En qué lugar lo hacías?
De manera “amateur” (entre comillas, porque repito para mí siempre fue igual de serio hacerlo en la escuela, que en un festival, o una función) en los actos escolares del Instituto Cristo Rey donde transité todos los niveles educativos y con el ballet “Raíces Argentinas”. Y de manera profesional en una académica de danzas en la ciudad de La Plata a los 18 años.

¿Recordás porqué quisiste bailar, qué te inspiró?
No fue que un día me levanté y dije quiero bailar, lo traía conmigo, es difícil de explicar. Tampoco recuerdo si vi algo o alguien que me haya inspirado fuertemente, ni siquiera sé si existió algo puntual. Por eso digo que lo traía conmigo. Siempre me gustó hacer mi propia versión de las coreografías que veía por televisión, nunca imitaba o seguía a raja tabla lo que hacían los bailarines.

¿En qué momento de tu vida le dijiste a tu familia que querías dedicarte a esto?
Al terminar el colegio, en ese momento en que todos los adolescentes devenidos en adultos prematuros debíamos decidir que íbamos a hacer de nuestras vidas, si estudiar, si trabajar; la pasión por la danza fue tan grande que le ganó a cualquier obstáculo que se me apareció en el camino, representados en cuestionamientos como: ¿estás seguro?, ¿dónde vas a trabajar de eso? Hasta la famosa frase en nuestro ambiente… ¡te vas a c… de hambre!, que un poco sucede, sobre todo al principio, pero siempre seguro de mi elección y feliz, algo con lo que no nos encontramos muy a diario, lo más común es conocer personas que claudicaron y terminaron trabajando de algo que no les gusta, o siguieron mandatos familiares a la hora de volcarse a sus estudios terciarios o universitarios, algo que les dé la seguridad económica pero que no siempre viene acompañado de una pasión.

¿Cómo lo tomaron?
Al principio costó, siempre digo que la primera audición o casting que tuve que pasar fue el de mi familia, convencerlos con hechos y logros de que esto era y es lo que me gusta, que no me imagino haciendo otra cosa.

¿Te acompañaron desde el primer momento?
El apoyo incondicional comenzó cuando un día me tomé un colectivo, me vine a Capital y audicioné por una beca de estudio para las carreras de formación profesional del Estudio de Arte y Danzas Reina Reech, en donde cursé la carrera de Profesorado de Danzas, siempre becado por la institución y ayudado por mi familia, desde ese momento sentí que había logrado que creyeran en mí.

¿Qué siguió?
Comencé a dar clases aún sin haber terminado la formación, un reto del que me enamoré; labor que desempeño con creciente responsabilidad, ayudado por los conocimientos que adquirí y que sigo adquiriendo,  porque sigo estudiando hoy día más allá de haberme recibido, en cualquier rama del arte no se debe abandonar nunca la condición de estudiante, continuar indagando, investigando, actualizándote; el arte transforma a los seres humanos por ende se reinventa así mismo todo el tiempo y por eso es importante nunca creer que ya sabes todo ni que “llegaste”, cada meta alcanzada es el punto de partida de un nuevo camino más interesante.

Nota completa en la edición impresa de Semanario El Espejo del martes 17 de Abril de 2018

Compartir

Comentarios

Aun no hay comentarios, sé el primero en escribir uno!

Escribir un comentario »